Curso de Cine

¿QUÉ ES EL GRAN CINE? El que emociona, eso sin duda. Pero, ¿qué nos emociona? ¿La historia o la forma de contar esa historia? ¿Los ambientes, los colores, el diseño, el manejo del lenguaje cinematográfico o simplemente los personajes? ¿Queremos identificarnos con ellos o, en cambio, existir dentro de un relato que nunca hubiésemos soñado vivir? ¿La cotidianidad o la aventura de lo desconocido?

Y, en definitiva, ¿cuáles son las mejores películas de la historia? Un servidor no tiene muy claras las respuestas a la primera retahíla de preguntas, pero sí está convencido, valga la paradoja, de la respuesta (una respuesta muy personal, por supuesto) a la cuestión de cuáles son las mejores películas: LAS QUE TE HACEN DUDAR, y no sólo sobre la vida, sino incluso sobre ti mismo; las que elaboran conflictos éticos complejos; las que están protagonizadas por personajes que no son blancos ni negros (y no hablo de razas), sino por toda una materia de grises en el comportamiento, en los valores, en las renuncias, en las elecciones. Y ese es el cine que, principalmente, vemos en este curso del Aula de Cine de Colegios Mayores. ¿Y cuál es ese cine? El cine americano de los años setenta, el que practicaron gente como Francis Ford Coppola, Martin Scorsese, Terrence Malick, Sam Peckinpah, Hal Ashby, Bob Rafelson o Arthur Penn, el que dio pie a obras como El padrino(y su aún mejor secuela), Grupo salvaje, Deliverance, Bonnie and Clyde o Malas tierras.

La emoción con la que se vivieron esas clases fue maravillosa. Sería complicado reproducir los debates posteriores entre los alumnos, tras visionar historias tan trascendentes, tan complejas, tan difíciles de abordar, pero tan apasionantes como El graduado, Harold y Maude, Taxi Driver o Perros de paja. Pero digamos que los alumnos no lo tenían claro. El profesor, tampoco. ¿Y quién tiene claro si el taxista Travis Bickle es un héroe, un antihéroe o un zumbado? ¿Me estás hablando a mí? Así que fue sensacional analizar todo ese periodo del cine americano. Con calma, con sosiego. Con la calma y el sosiego que no despiertan sus películas. Porque te hacen dudar. Y, muchas veces, la duda es buenísima en la vida… mientras no se convierta en eterna, o en seña de identidad de la que no se puede salir. Desconfiad de la gente que no duda. Ya seas alumno o profesor. Nosotros, en la clase de cine, un año más, y van ya siete cursos, dudamos. Eso sí, también nos emocionamos.

 

Javier Ocaña

Crítico de cine de El País y colaborador

de las revistas Cinemanía y Actúa


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